14 mayo 2013

Vacío.

Lo reconozco: hoy escribo esta entrada porque debo hacerlo. Porque no quiero que Mayo de 2013 sea el único mes en 6 años en el que el blog no se actualiza, que aparezca ese hueco vacío en la pestañita izquierda que clasifica las entradas cronológicamente.

Pero estoy vacía. Lo he intentado, de verdad que sí; he tratado de buscar la inspiración en mil sitios, he  compartido mil ideas con las personas que alguna vez me han inspirado, he empezado varios posts que no llegaron a nada. Ni siquiera a eso, a la nada. 

He escuchado/leído muchas veces eso de "estoy falto de inspiración", y yo siempre sonreí, burlona, pensando que jamás se está carente de inspiración: que la inspiración sólo llega cuando estás trabajando. Pero por más que trabajo mis frases e historias, mis chascarrillos tontos o mis reflexiones, últimamente no consigo escribir nada y ni siquiera la desesperación de no poder hacerlo me sirve como tema base.

¿Estoy triste y por eso no me sale nada? No. Es decir, he estado triste otras veces, y fui capaz de desparramar mis miserias más grises de forma tan contundente y emotiva que hasta resultaron componer textos bastante decentes. 

¿Soy demasiado feliz? Ja. Alguien (disculpa si no recuerdo tu nick ahora mismo) me dijo en Fareborn el otro día que cuando tenemos pareja estamos tan contentos y tan bien que nos olvidamos de escribir. Pero, si os soy sincera, dudo mucho que ese sea el motivo para mi bloqueo creativo. Cuando se está feliz tienes ganas de gritarlo a los cuatro vientos, y yo ni de flores, pajaritos y corazones soy capaz de escribir... ni de eso.

Simplemente vacía. No tengo trabajo, no tengo dinero, no tengo papeleh (ay, perdón, eso sí). No estoy pasando por uno de los mejores momentos de mi vida, me siento muy sola y no sé muy bien cómo salir de este círculo de desidia y destrucción, así que supongo que el blog es una especie de "escaparate de emociones" en el que todo queda reflejado.

Y con este post fácil y mediocre pretendo llenar el único espacio del que puedo ocuparme: el de las letras. El de Mayo de 2013.

Ya llegará Junio, y ya veremos qué sucede entonces. 

30 abril 2013

Meme: 10 años, 10 cosas

10 COSAS QUE SABÍA CON 22 AÑOS QUE AHORA NO SÉ

-Cuál sería mi próximo (y primer) trabajo.
-Mi peso exacto.
-El número de teléfono fijo de al menos 5 amigos.
-Confiar en todo el mundo.
-La matrícula de mi primer coche.
-Los monumentos típicos de cada ciudad europea, con una breve descripción e historia informativa.
-Quién está el primero en la lista de los 40 Principales cada semana.
-Los pasos básicos del tango.
-Aguantar los tacones toda la noche.
-Resistirme ante un gofre, una tortilladepapas o un brownie con helado.


10 COSAS QUE AHORA SÉ Y QUE CON 22 NO SABÍA

-Que no se puede planificar todo ni tener el control siempre.
-Las contraseñas de Blogger, de Twitter, de mis distintas cuentas de Facebook, de Gtalk, de Spotify, de Tumblr, del GW2 y del LOL.
-Que puedo sobrevivir con 200€ al mes.
-Que soy capaz de actuar delante de 1.000 personas disfrazada de pirata y mantener mi dignidad.
-Que los que beben  y se ríen contigo no son siempre amigos.
-Que Toni Cantó es lerder, por mucho que mole 7 Vidas.
-Cocinar (algo).
-Que sin tacones también se liga.
-Que la felicidad está en las pequeñas cosas.
-Mandar a la mierda a las personas que me hacen mal sin sentirme culpable.




P.D: Esta es mi entrada número 600. Ahora a por las mil :D

14 abril 2013

ABRIL RIZOSO 2013

Hola, ovejosos. 
Se acerca el día 25 de abril, el cumpleaños de esta servidora rizosa, y ya tiemblo otra vez por la posible llegada de la maldición. Para los nuevos, sepan ustedes que alguien maldijo el día en que nací, y cada año me suceden cosas chungas el 25 de abril. No sólo me pasan cosas malas a mí, sino también a mis amigos y familiares.

Pues bien, hace un par de años se me ocurrió luchar contra la maldición con vuestra ayuda, y me propuse dejar de lado las desgracias y resaltar sólo las cosas buenas que nos pasaban durante todo el mes de abril. Y así, al acabar el mes, fuese lo que fuese que me hubiese podido robar la sonrisa el día de mi cumpleaños, el balance habría sido bueno, seguro.

Fue todo un éxito: los lectores de Una de Rizos... me fuisteis petando el correo a base de notificiaciones de comentarios buenrollistas y entre todos creo que acabamos un abril fantástico. Tanto, que he decidido repetir la experiencia y proponéroslo de nuevo. De esta forma, os invito a que DE HOY MISMO HASTA EL DÍA 30 DE ABRIL DE 2013, cada vez que viváis un momento alegre, cada vez que lloréis de la risa, cada vez que os sintáis dichosos o que simplemente encontréis algo interesante y positivo que resalte entre tanta crisis y desgracia... por favor contádmelo en los comentarios de este post o venid a decírmelo por twitter o por fareborn. Lo que sea, pero hablad.


Porque al final, de tanto quejarme por todo y de arrugar los morros con desdén, me vuelvo una ciega  refunfuñona que no es capaz de ver que siempre hay un motivo para sonreír. Por favor: ayudadme para que esta vez no se me olvide.

11 abril 2013

Meme: cuenta una primera vez

Yo tenía doce años. Doce años y un cuerpo canijo que de espaldas podría pasar por el de un chavalín esmirriado, pero que de frente no podía ocultar la (por entonces) cruel realidad: me habían crecido las tetas.

Para mí aquello de tener tetas era algo incómodo e inútil: ¿para qué quería yo tener tetas, si no hacían más que estorbar? Encima la ropa dejaba de quedarme bien, mis amigas me empezaban a mirar raro y algo dentro de mí sabía que ya nada volvería a ser igual. Que a eso se le debía llamar "dar el estirón", solo que unos crecían de una parte, y yo de otra.

La cuestión es que allá por febrero de 1993, mi familia y yo nos fuimos a pasar un fin de semana a un hotel, celebrando no se qué historias del trabajo de mi abuelo. El sábado por la noche se daba una fiesta de gala en la que todo el mundo tenía que ponerse sus mejores lanas, y mi madre eligió para mí un conjunto monísimo de blusa/pantalón de una -oh, fortuna- delicada tela color beige. Y al ir a ponérmelo algo enfurruñada porque yo quería vestido, mi madre sacó una extraña prenda del armario y vino hasta mí muy sonriente, para soltarme una de esas frases lapidarias que me acompañarían para el resto de mi vida: "Beíta, toma, ya tienes que ponerte un sujetador". 

Sostuve aquella extraña prenda en mis manos durante un par de minutos, extasiada, preguntándome para qué narices servía eso y por qué se lo ponen todas las mujeres a diario. Aquel sujetador no tenía aros, por supuesto, y era más una camisetilla minúscula de lycra que otra cosa, pero me hacía sentir una extraña en mi propio cuerpo y me tuvo media hora observándome con el ceño fruncido delante del espejo, sin atreverme a salir de la habitación. 

Al final salí, claro, porque el hijo de unos amigos de mi familia vino a buscarme para ir a la fiesta infantil en la que beberíamos champín y  bailaríamos Xuxa.  Le saludé sacándole la lengua (me gustaba, no había duda) y echamos a correr por los pasillos del hotel hablando de no se qué serie de la televisión, hasta que llegamos a las estrechas escaleras que bajaban hasta el salón comedor del hotel y el chaval, muy caballeroso, se apartó para dejarme bajar primero dándome una palmadita en la espalda.

Lo que yo jamás me hubiese esperado ni en un millón de años fue su reacción al tocarme y rozar sin querer su mano con los tirantes de mi nueva prenda. El chaval se paró en seco, abrió los ojos como platos y gritó, impresionado:

-LLEVAS... LLEVAS... ¡¡¡TÚ LLEVAS SUJETADOR!!!

Casi me da un chungo de la vergüenza, os lo prometo. En ese momento no entendía el por qué de su impresión, de su sorpresa desmedida, pero mi intuición femenina recién estrenada me decía que debía ser fruto de la admiración más que de la animadversión, así que opté por hacerme la digna y sabia mujer de mundo y, sonriendo con soberbia, le dije algo así como: -"pues claro, imbécil, soy una mujer".


Él se me quedó mirando entonces como si yo fuese una extraña extraterrestre a la que acababa de conocer, y durante el resto del fin de semana me siguió como un perrillo faldero por todo el hotel y me dejó ganar en todos los juegos.


Fue ese fin de semana cuando aprendí que, por alguna sabia decisión de la naturaleza, tener tetas mola. Que las mujeres estamos destinadas al poder sobre los hombres a cambio de pagar el pequeño precio de llevar sujetador, esa prenda del mal que años más tarde se fue haciendo más y más incómodo, con esas varillas que se clavaban y esa forma de condicionar mi vestuario, pero que era un mal menor comparado con todo lo demás.

Más tarde aprendí que el mero hecho de tener tetas no te hace poderosa, sino que también tienes que ser inteligente y aprender a usar ese poder. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, ya sabéis.


Pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión.




18 marzo 2013

Aparatos fantasma

Cuando yo tenía 11 años me pusieron ortodoncia, uno de esos aparatos llenos de hierros punzantes y traicioneros que inundaban mi boca y me provocaban pesadillas cada dos jueves, cuando el dentista me los apretaba "sólo un poquito más".

Lo que en principio iba a ser sólo un año y medio de sufrimiento se acabó convirtiendo en cuatro, pero le eché toda la paciencia que me era posible y al final ya me había yo acostumbrado a mis aparatos y los había asimilado como parte de mí. Ponérmelos y quitármelos para comer, limpiarlos por las mañanas, ir a las revisiones quincenales de los jueves, etc, formaban ya parte de mi rutina diaria  e incluso llegué a acostumbrarme a esa nueva imagen pseudo-robótica de mi sonrisa en el espejo. 

Pues bien, cuando me quitaron la ortodoncia algunos años después, yo estaba eufórica y me presenté en clase con un sonrisón del tamaño de Cuenca (¡atención, alienses!) y ganas de comerme el mundo. Me veía más guapa que nunca, los demás fliparon con lo bonitos que me habían quedado los dientes y llegué a olvidarme del dolor de los jueves para siempre.

Pero sucedió algo que no me esperaba. Cada noche, cuando me ponía el pijama y me metía en la cama para dormir, me sentía inquieta, extraña, nerviosa. Tenía esa sensación de cuando te olvidas algo y no sabes qué, así que me ponía a repasar durante un buen rato a ver qué me olvidaba hasta que movía mi lengua a lo largo del paladar superior para rozarme con los hierros de la ortodoncia, igual que había hecho siempre que estaba nerviosa. Ese gesto me había acompañado durante media adolescencia y ahora ahí estaba mi lengua, inocente, buscando algo que ya no existía. Eso era lo que me olvidaba: ponerme la ortodoncia para dormir.
Pasaron varios meses hasta que me hube acostumbrado a no llevar aparatos en los que me costaba horrores dormirme sin ellos empujándome los dientes poco a poco. Es curioso cómo nos acostumbramos al dolor de esa forma, y lo asimilamos tan bien a nuestro mundo cotidiano que cuando ya no está casi nos entristecemos y lo echamos en falta.

Ayer me acordé de esta anécdota mientras te miraba y te escuchaba decir tonterías acerca de marcas en la cara, de mentones raros y demás chorreces. Tú sigues empeñado en aquello que te hacía daño en tu adolescencia, sigues creando en tu mente una ortodoncia invisible porque sin ella sigues sintiendo que te falta algo.
Pero yo sólo veo un cisne, y te lo repetiré todas las veces que sea necesario hasta que tú también puedas dormir a pierna suelta sin aparatos.